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2000.02.02.08.23

BOLETIN DE PRENSA

FALLAS EN SERVICIO DE URGENCIAS DETECTÓ CONTRALORA EN RECORRIDO POR HOSPITALES DE CALI

La Contralora General de Santiago de Cali fue testigo de la manera como se incumple el procedimiento de urgencias en los hospitales Carlos Carmona, Joaquín Paz Borrero y Carlos Holmes Trujillo, debido a falta de personal médico.

Santiago de Cali, Agosto 23 de 2008. En medio de la penumbra y el anonimato, la Contralora General de Santiago de Cali, Alma Carmenza Erazo Montenegro, ingresó a la sala de urgencias del Hospital Carlos Carmona, en el oriente de la ciudad. La lluvia se tornaba lenta e incesante a las 8:05 PM del viernes 22 de Agosto pero, adentro, el calor se fundía con la angustia de decenas de pacientes y familiares que se apretaban unos contra otros en la sala de espera del centro asistencial.

Una simulada migraña envolvía a la paciente con que la Contralora ingresó silenciosa para vivenciar la atención de urgencias del centro médico. Fotocopia de los documentos fue la primera solicitud de la cajera luego que las visitantes superaran sin problemas la mirada incrédula del vigilante de turno. Pero no había fotocopiadora adentro. Sin embargo, muchos pacientes que llegaban solos debían sobreponerse de manera momentánea a su angustia y cumplir el pedido en la acera de enfrente.

La paciente a quien acompañaba la Contralora no tenía carné de sisben sino de EPS. “No la podemos atender como a los demás, pero si quiere pague los $14.000 que vale el servicio para usted y espera su turno”, dijo la cajera. La sala, pequeña y llena, parecía que fuera a reventar. Contralora y paciente decidieron esperar hasta que la realidad las obligó a desertar. Enfermos y heridos llegaban sin cesar, la sala se hinchaba y la única médica de turno se batía adentro contra la muerte que amenazaba a un abaleado, un apuñalado y una señora en convulsión. Esas eran urgencias, pero afuera, en la sala, también había decenas con necesidades urgentes, y médicos ausentes. ¿Cuándo les tocaría el turno?, pensaron que quizá nunca, y decidieron salir. Por fortuna, su caso era simulado y no una urgencia real.

El “triage”, una valoración médica para determinar el nivel de urgencia de los pacientes y definir el paso a seguir, no existía, incumpliendo el procedimiento normalizado tanto en el Hospital Carlos Carmona como en el Joaquín Paz Borrero y el Carlos Holmes Trujillo, a donde la Contralora Alma Carmenza Erazo llegaría horas más tarde para encontrar el mismo problema en el servicio de urgencias.

Doña Ruby, una curtida mujer del Distrito de Aguablanca, esperaba en la sala a que su marido fuera atendido adentro. La tensión arterial y la demora en la atención lo forzaron a violar la espera y meterse a urgencias. El dolor físico y la ausencia de un médico que valorara los pacientes obligaba a muchos a cruzar la puerta de los consultorios de urgencias cuando el vigilante daba la espalda, y también motivaba que fuera la cajera, una mujer amable y generosa pero sin estudios médicos, quien determinara los turnos de los pacientes con un criterio desconocido. En medio del barullo, hasta el vigilante se apresuraba a calificar enfermedades: “Usted está embarazada, cierto?”, sentenció en la cara de la paciente que simulaba la migraña.

“La sala es pequeña para tanta gente, la atención es lenta pero la gente parece que se siente bien con el servicio. Sin embargo, existen fallas en el cumplimiento del procedimiento de urgencias como la inexistencia del triage”, sostuvo la Contralora Alma Carmenza Erazo al salir del Hospital Carlos Carmona, en donde la puerta que daba acceso a la bodega de residuos hospitalarios permanecía cerrada y, según funcionarios del centro asistencial, era imposible abrirla. Sin embargo, cada nuevo paciente generaba nuevos residuos que al final de la noche se harían incalculables, pero la bodega era impenetrable.

En el Hospital Joaquín Paz Borrero, en el barrio Alfonso López, la situación fue igual, antes de la media noche del lluvioso viernes de agosto. Pacientes en estoicas esperas, miradas perdidas y súplicas silentes se encogían sobre las sillas. Jennifer García cargaba a su hija Daniela, de once meses de vida, a quien acababan de atender después de cuatro horas de espera. La sala parecía tranquila. El número de pacientes no era alarmante pero la atención se hacía lenta. ¿Y el triage?, preguntó la Contralora. “A esta hora ya no hay”, susurraron la cajera y el vigilante, encargados de orientar y calificar como cualquier especialista el nivel de atención requerido por los pacientes de aquella noche.

“Una camilla, por favor, una camilla…”, gritaron desde la calle. La puerta se abrió y casi al tiempo que salió volvió a entrar la camilla jalada en veloz carrera por una negra gruesa a quien la vida se le iba por los ojos. Su marido parecía luchar en vano contra la muerte que lo acechaba desde hacia unos minutos, cuando en el jarillón del río cauca una bala le cruzó el pecho. Carreras y atropellos invadieron los consultorios y la espera se hizo entonces más larga para los enfermos en sala pues solo dos médicos enfrentaban la tranquila noche que empezaba a alborotarse.

$17.000 valía aquí la atención de la fingida paciente que acompañaba la Contralora de Cali. La espera no valía la pena. El moribundo paciente que agobiaba a los médicos adentro, retrasaría aun más la atención de una joven mujer de ojos tristes cuya intoxicación brotaba por su piel enrojecida. “Vengan más tarde para que vean cómo se pone esto”, sentenció el vigilante cuando Contralora y supuesta paciente se rindieron ante la inutilidad de la espera.

Como en los dos anteriores, en el Hospital Carlos Holmes Trujillo, en el Barrio El Poblado, en pleno corazón del Distrito de Aguablanca, la espera se hacía lenta. “Pero cálida y humana”, se apresuró a decir el periodista que desde hace dos años intenta hacer amable este hospital sensibilizando a los funcionarios.

“Pero uno viene aquí a perder el tiempo porque es muy demorada la atención”, se lamentó Isabel con su pequeño de diez meses envuelto en una cobija que ahuyentaba el frío y la oscuridad que asustaban en la calle.

“Estamos tranquilos, no hay quincena, a la gente no le han pagado todavía, no están jugando Cali y América, así que hoy no habrá muchos heridos aquí”, explicaba con indescifrable elocuencia la enfermera jefe. “Si no fuera así, no estaría hablando con ustedes sino corriendo en urgencias”, añade.

“Y el triage?”, pregunta la Contralora al ver que los pacientes en sala de espera se acurrucan para alejar el cansancio y el dolor. “A esta hora ya no tenemos”, responden los funcionarios, como en los otros dos hospitales. Dos médicos atienden pacientes en urgencias y, cuando la sala se llena, uno de ello sale, valora rápidamente a unos cuantos y vuelve a urgencias. Los demás seguirán esperando en sala a que más tarde, cuando tenga tiempo, uno de los médicos los valore y los haga seguir.

“Con estas visitas de control que estamos haciendo en la Contraloría, esperamos que el servicio mejore, que la Secretaría de Salud y las ESES tomen cartas en el asunto y mejoren la prestación del servicio para bien de los caleños, porque se evidencia que en todos estos hospitales hay problemas en el cumplimiento de los procedimientos de urgencias, faltan médicos y oportunidad en la atención a los pacientes”, dice la Contralora de Cali, Alma Carmenza Erazo Montenegro.

Antes de salir sin esperar atención, la supuesta paciente con migraña mira asombrada que su consulta aquí ya vale $30 mil y, entonces, la fingida enfermedad empieza a volverse real.

Oficina Asesora de Comunicaciones
Yimy Melo García
Teléfonos 644 20 00 Ext: 160 – 312 896 04 42
Comunicaciones@contraloriacali.gov.co

 

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